El voto no es un empleo, es una política pública


Foto: Yovani Manrique

El editorial cuestiona la priorización de obras y favores personales en las campañas electorales y plantea exigir a las nuevas autoridades políticas públicas, gestión eficiente y resultados para la ciudadanía

¿Qué vas a hacer si llegas a ser autoridad?

Es la pregunta de cada elección. Y la respuesta, casi calcada, no cambia:

Embarcaderos, canchitas, cochas, carreteras, pistas y veredas. En salud, una posta. En educación, un colegio o un cerco perimétrico.

En lo municipal, calles, mercados, parques, algo de equipamiento y los servicios de siempre: limpieza, transporte, licencias y serenazgo.

Obras. Solo obras. Como si gobernar fuera construir y no transformar.

En estas semanas de campaña también vemos lo otro: la parafernalia. Los “seguidores” a gritos, vivando el nombre del candidato. La política convertida en comparsa.

Y en ese ruido se esconde lo peor que nos puede pasar: ir a votar pensando en un puesto de trabajo. Ir a votar pensando en el “Afjata”. Hoy te apoyo, mañana me devuelves el favor con un contrato, un puesto laboral o una licitación

No podemos seguir convirtiendo a los gobiernos regionales y a las municipalidades en agencias de empleo. No lo son. No son empresas constructoras. No fueron creadas para resolver el problema laboral de los simpatizantes de turno.

Elegir a una autoridad pensando solo en el beneficio personal es condenar a toda una región al atraso.

En Onda Azul lo sabemos: estamos nadando contra la corriente. Es difícil hablar de desarrollo cuando el sentido común ha sido reemplazado por la promesa fácil. Porque la verdadera función de un gobierno regional o local no es inaugurar cemento, es generar políticas públicas

Eso es lo que ha estado ausente en casi todos los discursos de los candidatos las “políticas públicas”.

Es más fácil prometer una obra que comprometerse con el cierre de brechas.

Más rentable electoralmente es ofrecer cemento que explicar cómo vamos a reducir la anemia, mejorar los aprendizajes, ordenar el territorio o garantizar agua segura con metas claras, medibles y sin cifras infladas.

Planificar, regular, fiscalizar, coordinar, medir y rendir cuentas. Esa es la esencia de la gestión pública. Hoy se hace solo para cumplir la norma, como un trámite. No como un ejercicio participativo, transparente y comprensible para el ciudadano

La Política Nacional de Modernización de la Gestión Pública ya lo advertía desde su primera página: “Los esfuerzos por mejorar la gestión pública en el Perú son numerosos y de todo tipo, pero no necesariamente responden a una orientación estratégica y se desarrollan de manera aislada y desarticulada. Por tanto, no habrían cambiado sustantivamente el desempeño global del Estado”

Sigue vigente.

Necesitamos un Estado moderno. No solo en el nivel central, sino en las regiones y municipios. Y tenemos, cada cuatro años, la oportunidad de iniciar ese cambio. Cada cuatro años la desperdiciamos esperando que la autoridad nos regale una mejor ciudad, cuando la mejor ciudad empieza con nuestro voto. Votar no es solo un derecho. Es la puesta en práctica de un deber. Es el inicio del ejercicio real de ciudadanía: exigir derechos cumpliendo deberes. 0Exigir políticas de estados regional y local, no solo obras. Exigir gestión, no solo favores.

Hoy 4 octubre no elijamos al mejor contratista. Elijamos a quien sea capaz de gobernar y plantear verdades políticas públicas.